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sábado, 26 de diciembre de 2015

¿Obedecer?

Obedecemos. Lo hacemos con mucha frecuencia, de hecho. Quizás hasta nos sorprendería descubrir, si nos sentáramos a pensarlo, cuántas de nuestras acciones a lo largo del día se deben a algún tipo de obediencia. Y a más de uno este descubrimiento, además de sorpresa, le generaría cierto estupor. ¿No éramos acaso personas libres? ¿No nos sentíamos soberanos de nuestras acciones? ¿Cómo compatibilizar esa idea con el hecho de que son tantas las veces que nos comportamos de manera “obediente”?
Quizás uno de los que más ha protestado contra el carácter obediente del hombre de nuestros siglos fue Nietzsche. En una página de “Más allá del bien y del mal” (1885) sugiere que la obediencia ha sido a tal punto cultivada y ensayada entre los hombres que la necesidad de obedecer se terminó convirtiendo en algo innato para el ser humano. Poco importa a la conciencia cuál sea el contenido de esa obediencia, sugiere el filósofo; sin ser demasiado selectivos, llenamos con algún imperativo ese “tú debes” formal que casi ha pasado a ser parte de nuestra naturaleza. Según Nietzsche, esto sucede en desmedro del arte de mandar, provocando escasez de hombres que puedan ejercer dicho arte, o bien haciendo que aún los que mandan, a fin de evitar ellos la “mala conciencia”, se engañen a sí mismos creyéndose obedientes respecto a algo superior (“el pueblo”, “el bien común”, etc.).[1] Contra ellos alza su voz Zaratustra señalándolos de hipócritas: “La mayor hipocresía que vi en ellos es que incluso quienes mandan fingen las virtudes de los que obedecen. «Yo sirvo, tú sirves, nosotros servimos» sermonean esos gobernantes hipócritas. ¡Pobres de aquellos entre los cuales el primer señor no es más que el primer servidor!”[2]
Las observaciones de Nietzsche, a pesar de su casi siglo y medio de edad, no han perdido vigencia. Quizás incluso tengan mayor validez en nuestro tiempo. Son numerosos los ámbitos en los que es posible observar el carácter gregario (“de rebaño”) de buena parte de la sociedad contemporánea, su “dejarse arrastrar” por imperativos externos con una sumisa obediencia – tal vez con la particularidad de que esos mandatos han perfeccionado el arte de la sutileza con el fin de tornarse lo menos perceptibles que se pueda en sus métodos y lo menos visibles en la identificación de sus fuentes. Quienes dan origen a dichos imperativos han captado con el tiempo las ventajas de utilizar la persuasión inconsciente y esconderse en la impersonalidad del anonimato. Los ejemplos pueden buscarse tanto en los asuntos superficiales como en los de mayor peso específico: desde la marca de indumentaria o el tipo de dispositivo electrónico para comunicarse, hasta la tendencia a ser “consumidor”, a la alienación, a la manipulación en lo referente a ideas estéticas, morales, políticas, religiosas… No es dificultoso encontrar sujetos que hacen lo que hacen, que opinan lo que opinan, que eligen lo que eligen porque, en el fondo, están obedeciendo a una fuerza que les es ajena y que les indica (con persuasiva sutileza, como decíamos) qué es lo que deben hacer, pensar o elegir, a punto tal que –en rigor– no son ellos los que eligen, ni los que en verdad piensan, ni los auténticos autores de sus acciones.

Sobre esto se ha escrito ya bastante, se sigue escribiendo y es de esperar que se insista con ello en el futuro. Bienvenida sea la insistencia de aquellos observadores que nos ayudan a mantenernos alertas frente a la siempre presente posibilidad de caer en la tentación de la enajenación, le manipulación y la inautenticidad.
Ahora bien, ¿cómo enfrentar el problema? ¿Cómo ofrecer resistencia ante esa manipulación? ¿Cuál es la actitud alternativa que pudiese rescatar al hombre de esa “obediencia” enajenante?
Una primer idea, en cierto modo pueril (o “adolescente”, si se prefiere), sería dedicarse a des-obedecer. Utilizamos el término en el sentido de hacer lo contrario a lo que supondría la obediencia, es decir, ir en dirección contraria al mandato que se recibe. Sin embargo, de lo que adolece dicha alternativa es de verdadera autonomía; la supuesta independencia del desobediente crónico, de aquel que hace lo contrario a lo que le dicen que haga, es meramente aparente. Su obrar depende igualmente de las indicaciones que recibe, como puede observarse, y está a ellas igualmente subordinado, sólo que para hacer lo contrario. Se trata de una suerte de sumisión negativa o subordinación al revés, es decir, es una oposición subordinada. Este sujeto hace lo que hace porque le dijeron que haga otra cosa, como aquel joven que se empecina en no limpiar su cuarto, no porque no quiera hacerlo, sino porque le ordenaron que lo hiciera.
Más consistente podría parecer la alternativa de la no-obediencia. Aquí la subordinación parece ser vencida, pues ya no se trata de una reacción en dirección diametralmente opuesta al mandato recibido, sino más bien de una no-reacción. El no-obediente no reacciona, es indiferente, simplemente no se deja guiar por nada ni nadie. Sus oídos son sordos a toda indicación que proviniera de otro. Sin embargo, esta indiferencia frente a toda heteronomía posible deja a la voluntad librada a su propio capricho. Ello puede parecer liberador en primera instancia, lo sabemos, pero a la larga deja entrever no pocas dificultades. La voluntad librada a sí misma queda vacía de contenido y carece por ello de todo tipo de motivaciones (su única motivación debería ser ella misma, si pretende ser rigurosamente independiente, pero esto atentaría contra su propia naturaleza). También quedaría privada de referentes: “todo da lo mismo” debería ser su eslogan de cabecera, si en rigor pretende ser autónoma. Y, en definitiva, la falta de valores que movilicen o de pautas que orienten y den alguna referencia parecen estar más cerca del debilitamiento de la voluntad que de su fortalecimiento. La experiencia del “todo da lo mismo” más que conducir al hombre a la liberación parece arrastrarlo a un estado de confusión, de consecuente inseguridad, inmadurez, indecisión, inhibición y ausencia de espontaneidad, características estas que están en las antípodas de la persona verdaderamente libre y que predisponen al sujeto a dejarse manipular desde fuera más fácilmente.
Esta segunda alternativa, la de la no-obediencia existencial, era probablemente la que seducía a Nietzsche con la esperanza puesta en la llegada del Superhombre. Se trataría de aquel más-que-hombre que impone su voluntad como si fuera ley, que decide qué es lo bueno y lo malo, que es la rueda que se pone en movimiento por sí misma, que está más allá del bien y del mal, que manda, que crea sus propios valores, que es “el sentido de la tierra”. Pero da la sensación de que (¿por ahora?) el Superhombre no ha aparecido por estos pagos. Por el contrario, parece haberse propagado y profundizado el espíritu gregario, la automatización de los diversos aspectos de la vida humana, la manipulación y la enajenación. Cabría preguntarse si esa búsqueda del Superhombre no ha conducido a la rebaja de lo humano en lugar de a su superación y si no es esto un posible argumento ilustrativo para repensar la viabilidad de las esperanzas nietzscheanas. Que la obediencia enajenada se haya extendido en nuestro tiempo quizás no se deba al fracaso de la enseñanza de Nietzsche, sino a su éxito…



Si la subordinada rebeldía de la desobediencia crónica y la no liberadora propuesta de la indiferente no-obediencia no logran resolver la cuestión que planteábamos al comienzo, ¿cómo encontrarle entonces una vuelta al asunto? ¿No queda otra que resignarse a obedecer y renunciar a los deseos de libertad y espontaneidad? ¿O hay alguna posibilidad de que la libertad quede salvaguardada en la obediencia?
En una esquina del Gran Buenos Aires sureño, a modo de pintada sobre un paredón, rezaba hasta hace poco la frase “Obediencia no es libertad” (aunque intuyo que hubiese sido más efectivo y más fiel a la idea del autor formularla de la siguiente manera: “Obediencia es no-libertad”). Este es el supuesto que hasta aquí no hemos considerado críticamente: que obediencia y libertad son dos conceptos mutuamente excluyentes.  ¿Lo son en verdad? Hay una tendencia a creer que sí, y eso es fácil de explicar. La libertad significa poder elegir qué querer hacer y, eventualmente, poder hacerlo.[3] Libertad implica ausencia tanto de impedimentos como de imposiciones ajenas a la voluntad propia. La obediencia, en cambio, implicaría hacer caso a una orden que proviene de afuera, es decir, obrar de determinada manera no por propia voluntad sino por sometimiento a otro, a una voluntad ajena. Con lo dicho la incompatibilidad entre ambas parece evidente.
Sin embargo, lo que no solemos considerar es la posibilidad de que la voluntad propia coincida de alguna manera con la voluntad de un otro, logrando así que ésta deje en cierta forma de resultar “ajena” para aquella. En la obediencia el mandato proviene ciertamente de fuera, pero esto todavía no significa que deba resultar para el sujeto algo extraño o violento, puesto que no necesariamente ha de oponerse a su propio querer personal.
No se nos malinterprete. Hay una manera de introyectar lo externo que es enajenante y que, en última instancia, consiste en la sumisión. En ese caso la obediencia aparece por la propia debilidad – la inconsistencia interior da lugar a una colonización de la personalidad y genera la aparición de un pseudo-yo.[4] Esa obediencia, en cierto sentido, también podría denominarse “voluntaria” y consiste en dejarse manipular. Si se la llama “voluntaria” será para señalar simplemente que no se ofrece ante ella resistencia, pero no porque tenga en ella la voluntad del sujeto una participación propiamente activa. Es una señal de absoluta e infecunda pasividad. No nos referíamos a eso aquí.
La alternativa que proponemos no es la de una voluntad “manejada”, por más subliminalmente que lo esté siendo, ni de un yo que sea anulado en su actividad espontánea, sino de una voluntad que es “llamada” a seguir una senda sugerida por un mandato, pero que, en caso de responder obedientemente a ese llamado, lo hace por haber internalizado con convicción auténticamente personal el imperio que originalmente tiene su fuente en otro. Se trata de una interiorización de algo originariamente externo, de lo cual la propia interioridad se nutre sin perder la propia consistencia, sino por el contrario, fortaleciéndose a la vez con esa “nutrición”.[5]
Para eso es necesario que la obediencia no sea ciega, sino lúcida. Que no se deje arrastrar pasivamente en las sombras, sino que acepte caminar activamente por sendas iluminadas. Se trata de una luz que le ha sido indicada, es cierto, pero que el obediente mismo logra percibir de alguna forma y a la que adhiere sin menoscabo de su libertad. La indicación, el “mandato” debe incluir para ello una señalización de esa luz, debe ser un mandato iluminador. Y el sujeto que obedece debe tener atentos los oídos[6] y los ojos, no sólo para captar con claridad lo que se le manda, sino también para tener razones valederas por las cuales abrazar ese mandato sin perder espontaneidad en ello.






[1] F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, Ed. Folio, Navarra, 1999,  § 199, p. 128-129
[2] F. Nietzsche, Así habló Zaratustra, Colección Nogal, España, p. 172
[3] Sobre la distinción entre la libertad en el obrar y en el querer véase nuestra entrada: Sueño de libertad
[4] Tomamos la expresión de E. Fromm, El miedo a la libertad, Paidós, Buenos Aires, 2004, p. 200: “Esta sustitución de seudoactos en el lugar de los pensamientos, sentimientos y voliciones originales, conduce, finalmente, a reemplazar el yo original por un seudoyó. el primero es el yo que origina las actividades mentales. El seudoyó, en cambio, es tan sólo un agente que, en realidad, representa la función que se espera deba cumplir la persona, pero que se comporta como si fuera el verdadero yo.”
[5] Nietzsche también decía que el espíritu se parece al estómago (cfr. Más allá del bien y del mal,§ 230) aunque los supuestos en los que aquí nos apoyamos difieren de los del filósofo alemán.
[6] Etimológicamente “obedecer” proviene del latín ob-audire

sábado, 9 de mayo de 2015

Fidelidad (IV)

Fidelidad y profundidad

Para que fidelidad y libertad efectivamente no sean vividas como opuestos, es decir, para que el hombre se decida libremente por la fidelidad es de no poca importancia que tenga para ello razones sólidas y claras. A veces surgen preguntas como ¿para qué seguir con esto? ¿por qué habríamos de ser constantes en tal o cual cosa? Es razonable que de vez en cuando, por ejemplo en los momentos de crisis, surjan las dudas o el cansancio.
Ante interrogantes de ese tipo no hay por qué escapar. Si les escapamos podría ser eso una señal de que les tenemos miedo y eso a su vez una señal de que no estamos suficientemente convencidos sobre las respuestas que habríamos de dar a esos interrogantes.
Una actitud de fuga ante esas preguntas tal vez logre como resultado una constancia ciega que en última instancia es testarudez, apenas una mascarada de lo que la fidelidad es en verdad. Podemos apoyarnos en la mera costumbre o en algún infundamentado sentido del deber, podemos conformarnos con la idea de que las cosas han sido siempre así y así tienen que seguir siendo… A la larga son construcciones sobre arena que se desmoronan tarde o temprano. Las generaciones jóvenes tienen para ello un olfato especial: con rapidez les nace la sospecha de que con el deber por el deber mismo o con el solo fundamento de la costumbre no es suficiente. Y en verdad no lo es. La rutina, la tradición autojustificada no alcanzan para mover la voluntad. La voluntad tiende hacia el bien que es su objeto. Por eso, una y otra vez es necesario buscar y reencontrar todo lo bueno que pueda tener una fidelidad determinada o, para decir mejor, todo lo bueno que puede haber en aquello para con lo cual hemos de ser fieles.
¿Para qué seguir? ¿Por qué mantenernos fieles a esto o aquello? No sólo no hay que escapar ante esas preguntas, sino que en algunas oportunidades debemos incluso fomentarlas.
Una auténtica fidelidad necesita de lucidez y de una mirada profunda. Para la persona superficial la fidelidad resulta una pesada carga, si no una tarea imposible. Quien vive en la superficialidad sólo puede tener una relación superficial con la realidad, por tanto alcanza las cosas sólo en su superficie, lo cual no puede alimentarlo más que insatisfactoria y transitoriamente. La superficialidad causa la sensación de vacío y ésta causa a su vez el tedio, el tedio genera inconstancia y el deseo de fugarse a otra cosa distinta. Por ello el hombre superficial siente la necesidad de pasar a algo diferente y abandonar lo previo, considerando que lo anterior ya no tiene nada más para ofrecerle. La persona profunda, en cambio, alcanza una relación profunda con la realidad pues puede penetrar en ella hondamente. Se interna en las esencias de las cosas, logra con ellas un encuentro íntimo que es también un encuentro caracterizado por la riqueza, la abundancia y la fecundidad. Penetrando en lo esencial logra descubrir cada vez más y alimentarse cada vez más pues lo esencial es inagotable. Así puede ser fiel ya que la profundidad de la realidad le ofrece continuamente algo nuevo dentro de lo mismo y su entusiasmo es capaz de mantenerse y crecer sin tener que pasar a otra cosa distinta.



Esto vale también para la “relación” del hombre consigo mismo, de la cual depende la manera en que cada uno ha de relacionarse con lo otro. Cuanto más es uno capaz de habitar en la hondura de su propia intimidad, mejores posibilidades tendrá de ser fiel a sí mismo. Cuanto más penetre en sí mismo, mejor sabrá descubrir también que él no es el fuente de su propio ser ni fundamento último de sí, por lo tanto se le renovarán las posibilidades de fortalecer la relación de fidelidad para con Aquel que le da el ser. Cuanto más se conozca a sí mismo, mejor visión tendrá también de sus raíces, de sus pertenencia a una cultura y a una comunidad determinadas, y así, por un lado, fortalecerá su relación de fidelidad para con ellas y, en una virtuosa circularidad, crecerá también en autenticidad y fidelidad a sí mismo, siendo fiel a aquello a lo que pertenece y que es lo “suyo”.Martín Susnik 

miércoles, 28 de enero de 2015

Tiempo libre (II)

Placer y enajenación

En la entrada anterior hemos planteado algunos interrogantes sobre el tiempo libre y el modo alienante de vivirlo en la cultura contemporánea. Surge ahora un interrogante dentro de la misma temática. Parece acertado decir que mayormente dedicamos nuestro tiempo libre a algunas satisfacciones y placeres con el fin de acercarnos al menos transitoriamente a un estado de mayor felicidad. La pregunta a la que invitamos es si se trata de placeres que en verdad ayuden a tener una existencia más plena y feliz, o si se trata de placeres que broten y potencien el estado de enajenación.
La identificación entre placer y felicidad ya fue planteada, si no antes, por los antiguos griegos. De manera explícita la formularon los Cirenaicos, escuela socrática menor, allá por el siglo IV a. C. La escuela cirenaica, con Aristipo a la cabeza, sostuvo un hedonismo estricto: la felicidad reside en el placer que se disfruta en el instante y la búsqueda de dicho placer es el primer motor de la existencia.[1] A pesar de semejante premisa, sin embargo, los cirenaicos sostuvieron que el hombre debe dominar los placeres y no ser dominado por ellos, salvaguardando así el autodominio y evitando el exceso. 
El planteo hedonista cirenaico fue luego heredado y rectificado por Epicuro (341 – 270 a. C.) y los denominados “filósofos del jardín”. También según los epicúreos el bien se identifica con el placer, entendido ahora como ausencia de dolor, o para decir mejor, como superación del dolor que justamente surge cuando se ausenta el placer.[2] El placer que es la base de la ética epicúrea, pues es el fundamento de la vida feliz que es a su vez la meta de la ética y del filosofar, posee un carácter negativo. Lo que se procura alcanzar es la aponía (ausencia de dolor en el cuerpo) y la ataraxia (ausencia de perturbación anímica),[3] es decir que el placer (hedoné) se define más como ausencia de su contrario que como una efectiva presencia. En consecuencia, el placer en el que consiste la vida feliz según la ética epicúrea, no consiste en la satisfacción de cualesquiera deseos. “Entonces, cuando decimos que el placer es el fin, no hablamos de los placeres de los disolutos ni de los que residen en el goce regalado, como creen algunos que ignoran o no están de acuerdo o que interpretan mal la doctrina, sino de no padecer dolor en el cuerpo ni turbación en el alma.”[4] Por ello no todo placer debe ser elegido ni todo dolor ha de ser evitado; aunque el placer sea un bien y el dolor un mal, en algunas circunstancias es conveniente omitir algunos placeres de los cuales se desprenderían luego una molestia, o preferir algunos dolores de los cuales se seguiría luego un mayor placer.[5] Por lo tanto, una vida venturosa no es una vida ciegamente entregada al placer, sino una vida que exige un sobrio razonamiento para saber elegir correctamente, es decir, una vida prudente.[6] A fin de colaborar con la elección prudente que encaminara a la aponía y a la ataraxia, Epicuro realiza una clasificación de los deseos. Según el pensador helénico, los deseos se clasifican en tres grupos: 
Epicuro

a) Naturales necesarios, dentro de los cuales están los necesarios para vivir (relacionados con el hambre y la sed), para la ausencia de malestar en el cuerpo (albergue, vestimenta, etc.) y para la felicidad (la filosofía y la amistad, que liberan de la inquietud del alma). 
b) Naturales no necesarios, que son aquellos cuya no satisfacción no es causante de dolor, implican sólo una variación en el placer (deseos relacionados con el placer de los sentidos, los deseos estéticos, sexuales). 
c) Vanos, que infringen el límite establecido por la naturaleza, no proporcionan ningún placer y acaban acarreando dolores y pesares (deseo de poder, de fama, de riqueza, etc.)[7] 
Se podrá coincidir o no con la clasificación, pero que los pensadores hedonistas de la primera hora hayan realizado una clasificación es ya señal de la importancia de algunas distinciones, a las que sin embargo no parece tan proclive el hombre contemporáneo.

En tiempos más cercanos, Erich Fromm ha sido también uno de los pensadores que ha notado la necesidad de discriminar distintos tipos de placeres, apoyándose en los descubrimientos del psicoanálisis y los presupuestos de una ética humanista.[8] El autor distingue entre:
- Satisfacción: se trata del placer que resulta del alivio de la tensión que se sigue del deseo hasta entonces no satisfecho que es causado por una necesidad fisiológica. El resultado de esta “satisfacción” es el final de la tensión.
- Placer irracional: tiene su origen en una necesidad psíquica irracional que, sin embargo, se disfraza de necesidad fisiológica (por ejemplo, la ansiedad que se manifiesta como hambre). También en estos casos se produce una tensión cuyo alivio resulta placentero pero en comparación con lo anterior, aquí el sujeto no encuentra saciedad y no se alcanza la satisfacción.
- Gozo: a diferencia de las dos anteriores, no responde a una escasez, sino a la abundancia. No es el alivio de una tensión, sino el producto de la actividad interior del hombre. Implica la realización productiva de las propias potencialidades.
- Gratificación: es el resultado de haber logrado una meta que uno se había propuesto.
- Placer: basado en el descanso y la inactividad, lo cual tiene una importante función biológica.

De esta clasificación Fromm llega a las siguientes conclusiones: la satisfacción, la gratificación y el placer (sin más) son éticamente neutros, el placer irracional es éticamente negativo y el gozo es éticamente bueno. Éste último es el que, según el autor, puede identificarse con felicidad y es señal de éxito parcial o total en el arte de vivir, pues implica el pleno desarrollo de la productividad del ser humano.
Los mencionados análisis y conclusiones ayudan a subrayar algo que habían intuido ya los antiguos. La sola experiencia subjetiva, en lo que se refiere a placer y felicidad, es engañosa. Podemos vernos atraídos hacia algo que en realidad, objetivamente, no favorece el crecimiento y desarrollo personales, incluso hacia algo que es nocivo para nuestra persona, y sin embargo creer subjetivamente que eso es bueno para nosotros, que hace nuestra vida mejor, más placentera, más feliz. Si la felicidad equivaldría a la sensación de felicidad, esta dicotomía no sería posible. Pero si la felicidad es algo más que un estado mental, si es algo sobre lo cual es posible un engañoso pensamiento ilusorio, entonces es posible que el sujeto se crea feliz cuando en realidad no lo es.[9]
Teniendo en cuenta estas observaciones podemos entonces replantearnos a qué placeres apuntamos en nuestro tiempo libre. ¿A aquellos que nos ayudan a crecer como personas y desarrollarnos productivamente como seres humanos, a aquellos que simplemente nos permiten descansar en vistas a la posterior vuelta al trabajo, o a aquellos que son racionalizaciones engañosas y que no conducen a un gozo verdadero? ¿Buscamos aquello que en verdad nos hace bien, o nos conformamos con aquello que nos sirve para olvidarnos que no es tan bien como estamos?



La cuestión no se reduce sólo a un aspecto “material”, sobre a qué placeres recurrimos, sino también (y quizás principalmente) a cómo buscamos el placer, desde qué posición de nuestro yo; si lo buscamos para intentar un mayor encuentro con nosotros mismos, o bien desde una actitud de fuga que nos aleja de nosotros. Si la búsqueda del placer es llevada a cabo desde la actitud de fuga, el resultado no podrá ser otro que la ampliación de la separación, el empeoramiento del estado de enajenación que, paradójicamente, estamos tratando de evadir. La búsqueda de un estado más feliz y de mayor plenitud, entonces, se descarrila en la dispersión que reemplaza esa felicidad pretendida por estado de anestesia que en lugar de resolver el problema se conforma con la insensibilidad y el engañoso encubrimiento de los síntomas que el problema genera y que seguirá generando posiblemente de manera cada vez más fuerte, puesto que no ha sido resuelto.[10] Como planteábamos más arriba en relación con la libertad, la manera por la que optamos para superar la enajenación puede ser causa de una enajenación creciente, si buscamos la felicidad en un estado de pasividad interior y en la actitud de consumo que a veces parece haber penetrado por completo en la vida del hombre enajenado.
Martín Susnik





[1] Cfr. G. Reale – D. Antiseri, Historia del Pensamiento Filosófico y Científico, Herder, Barcelona, 1991, pp. 102-103
[2] “Nos ha menester el placer cuando, por no estar presente, padecemos dolor; pero cuando no padecemos dolor no nos es preciso el placer.” Carta a Meneceo, 128
[3] Téngase presente que, a pesar de esta distinción, en Epicuro tanto la mente o alma (dianoia o psiché) como el cuerpo (sarx, carne) son realidades corpóreas, materiales. Cfr. Alberto Relancio Menéndez, La física y ética en Epicuro, Seminario Orotava de la Historia de la ciencia, año VII, 1998, p. 286.
[4] Carta a Meneceo, 131
[5] Ibidem, 129
[6] “El principio de todo esto y el mayor bien es la prudencia […] pues ella nos enseña que no es posible vivir placenteramente sin vivir juiciosa, honesta y justamente, ni vivir de manera juiciosa, honesta y justa sin vivir placenteramente.” Ibidem, 132
[7]  Cfr. Carta a Meneceo, 127; Máximas Capitales 26, 29.
[8] Fromm no sigue a Epicuro, sino que se apoya en autores que considera humanistas, especialmente Aristóteles y Spinoza, pues su concepción de la felicidad está lejos de la ataraxia  y aponía epicúreas, como se señala más adelante. La distinción entre diversos tipos de “placeres” que aquí citamos se encuentra en Ética y psicoanálisis, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 2004, pp. 198-207
[9] Fromm señala que la felicidad y la infelicidad son más que estados de la mente; son expresiones del estado del organismo entero, de la personalidad total. Como posibilidad de distinguir la “ilusión de felicidad” de la felicidad real, observa que muchas veces las manifestaciones físicas son más patentes que las mentales. Ética y psicoanálisis, p. 197.
[10] Fromm señala que la felicidad no es opuesta a la tristeza o a la pena, porque en ese caso debería consistir en una insensibilidad que redunda en la imposibilidad de la felicidad misma. El autor contrapone la felicidad a la depresión y el aburrimiento (señalando que entre estos dos hay sólo una diferencia de grado) y observa que el tedio es justamente uno de los males más penosos de la existencia porque uno es incapaz de sentir ni alegría ni tristeza. Ahora bien, este mal puede evitarse, o sería mejor decir, puede tratar de evitarse de dos maneras: siendo productivo y sintiendo, en consecuencia, felicidad, o tratando de evitar sus manifestaciones. Su diagnóstico sobre la opción más frecuente en el hombre contemporáneo es tajante: “Este último intento parece caracterizar la carrera tras la diversión y el placer del individuo ordinario de hoy. Siente su depresión y aburrimiento, que se hace manifiesto cuando está a solas consigo o con las personas más allegadas a él. Todas nuestras diversiones sirven al propósito de facilitarle la huida de sí mismo y del tedio amenazador, refugiándose en los muchos caminos de escape que nuestra cultura le ofrece; pero el ocultar un síntoma no pone fin a las condiciones que la producen.” Psicología de la sociedad contemporánea, p. 171. Cfr. Ética y psicoanálisis, p. 205

lunes, 26 de enero de 2015

Tiempo libre (I)



Tiempo ¿libre?

Cuando hablamos popularmente de “tiempo libre” o de "ocio" solemos hacer referencia a aquellos momentos en los que uno puede hacer lo que quiere y lo que le gusta, por contraposición al tiempo que uno le dedica a lo que debe y necesita hacer para satisfacer lo básico en vistas a la subsistencia o a un determinado nivel de vida deseado. Son los momentos en los que, haciendo una pausa en nuestras obligaciones laborales, disponemos del tiempo libre de aquellos menesteres que muchas veces no coinciden con lo que uno quisiera y le gustaría estar haciendo, libre de aquellos deberes que con tanta frecuencia no coinciden con nuestros verdaderos intereses, o al menos no con todos ellos. Por eso es habitual que añoremos el “tiempo libre”, entendido como posibilidad de vivencias placenteras y felices.
Se podría suponer que los inconvenientes referentes al “tiempo libre” estarían relacionados principalmente con su limitación y transitoriedad, como si el problema central fuera que esos momentos resultan demasiado breves y se terminan antes de que uno quisiera. Sin embargo, hay algunas otras aristas en las que vale detenerse alguna vez. Intentemos con una de ellas, que no es nueva ni mucho menos. La mayoría de los lectores seguramente se habrá planteado alguna vez la siguiente cuestión: si el tiempo libre es el tiempo dedicado a hacer lo que uno quiere, ¿lo dedica el hombre a hacer lo que verdaderamente, en su profundidad personal, quiere? ¿O lo dedica a hacer lo que cree que quiere porque le han hecho creer que ese es su querer genuino sin que lo sea en realidad? Formulándolo de modo breve: ¿es nuestro tiempo libre verdaderamente “libre”?

Tiempo libre y enajenación

En 1955 Erich Fromm se preguntaba si la gente que vive en el mundo occidental del siglo XX era en general mentalmente sana o no.[1] Su diagnóstico se inclina mayormente a responder de manera negativa. No podemos detenernos aquí a pormenorizar su análisis pero sí hemos de mencionar que una de las principales señales de que no estamos tan sanos como solemos creer, según Fromm, es el fenómeno de la enajenación o alienación.
Ya Marx había utilizado el concepto para describir la situación del hombre cuyos actos le terminan resultando ajenos, situados sobre él y contra él. Fromm vuelve sobre el concepto explicándolo de la siguiente manera: “Entendemos por enajenación un modo de experiencia en que la persona se siente a sí mismo como un extraño. […] No se siente a sí mismo como centro de su mundo, como creador de sus propios actos y las consecuencias de ellos se han convertido en amos suyos, a los cuales obedece y a los cuales quizás hasta adora.”[2] De esta enajenación se sigue, según el autor, una relación idolátrica –con respecto a Dios, al Estado, a otra persona, a las propias pasiones irracionales– puesto que “el hombre se inclina ante la proyección de una cualidad parcial suya y se somete a ella. No se siente a sí mismo como el centro de donde irradian actos vivos de amor y de razón. Se convierte en una cosa, y su vecino también se convierte en una cosa, así como sus dioses también son cosas.”[3] Esta enajenación, tal como según el autor la encontramos en la sociedad moderna, no se limita al ámbito laboral, sino que se ha convertido en una enajenación casi total. Afecta las relaciones del hombre con su trabajo: el trabajador, despojado de su derecho de pensar y moverse libremente, se convierte en instrumento de la dirección burocrática y despersonalizante; se convierte en “empleado”, es decir, es utilizado para realizar una pequeña función aislada dentro de un complicado proceso cuyo producto final no siente como propio, salvo que lo compre luego. En consecuencia su función laboral le genera una actitud de descontento para con su actividad, la cual es experimentada como algo antinatural y desagradable.[4] También afecta su relación con las cosas que adquiere y a las que accede sin la necesidad de hacer un esfuerzo cualitativamente proporcionado con lo adquirido; basta con que uno tenga dinero y ya puede obtener mercancía, independientemente de cómo vaya a usarlas. Lo adquirido se convierte en objeto de consumo, y también con las cosas que consume se ve afectada la relación: consumimos sin que ello sea una experiencia humana significativa, lo hacemos para satisfacer fantasías artificialmente estimuladas, que no pueden ser jamás satisfechas ya que están desligada de nuestras necesidades reales como seres humanos. Esta insatisfacción genera una necesidad de consumo aún mayor y una creciente dependencia respecto de esas necesidades artificiales.[5]

Dentro de semejante situación, en la que el hombre se siente a sí mismo como un extraño, resulta evidente que la posibilidad de la persona de estar presente a sí mismo y en sí mismo se ve peligrosamente amenazada. En definitiva queda amenazada la posibilidad de que el hombre haga verdadero uso de su libertad. Y esto no sólo dentro del ámbito laboral, sino también en el supuesto “tiempo libre”. También en el ocio el sujeto está alienado y permanece como consumidor pasivo. El ser humano, reducido a “empleado” y consumidor, emplea y consume también su tiempo libre.

¿Qué podemos esperar? Si un hombre trabaja sin verdadera relación con lo que está haciendo, si compra y consume mercancías de un modo abstractificado y enajenado, ¿cómo puede usar su tiempo libre de un modo activo y con sentido? Sigue siendo siempre el consumidor pasivo y enajenado. «Consume» partidos de beisbol, películas, periódicos y revistas, libros, conferencias, paisajes, reuniones sociales, del mismo modo enajenado y abstractificado en que consume las mercancías que compra.[6]


Tesis similares ha expuesto Guy Debord doce años después, en 1967, en su obra La sociedad del espectáculo.[7] También él, anclado en las ideas de Marx sobre alienación y fetichismo mercantil, señala que dicha alienación ha superado el horario de trabajo y colonizado toda la vida del hombre, incluyendo el ocio. El hombre ha perdido el contacto directo con la realidad bajo la omnipresencia del “espectáculo”: “Toda la vida de las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación.” (tesis 1). Este “espectáculo” no es una decoración o complemento del mundo real, sino la manera en que el hombre se relaciona, enajenadamente, con las cosas, toda vez que éstas han sido reducidas a mercancías. De un modo de producción alienada se sigue un modo de consumo alienado, y de ahí toda la vida social es alcanzada por la mercancía. En la medida en que la economía ha sometido totalmente a los hombres, así estos se ven sometidos por el “espectáculo”. La sociedad es esencialmente espectaculista. “Bajo todas sus formas particulares, información o propaganda, publicidad o consumo directo de entretenimientos, el espectáculo constituye el modelo actual de la vida socialmente dominante. Es la afirmación omnipresente de una elección ya hecha en la producción, y de su consumo que es su corolario. Forma y contenido del espectáculo son, idénticamente, la justificación total de las condiciones y fines del sistema vigente. El espectáculo es también la presencia permanente de la justificación, en tanto colonización de la parte principal del tiempo vivido fuera de la producción moderna” (tesis 6). El espectáculo se ha convertido así en el nuevo “opio de los pueblos”, es la “reconstrucción material de la ilusión religiosa […] la realización técnica del exilio de los poderes humanos en un más allá, la escisión consumada en el interior del hombre.” (tesis 20), el culmen de la alienación humana en un inmanentismo irrespirable del cual parecería no haber salida. Y así como Nietzsche hablaba del seguir soñando sabiendo que se sueña, Debord sostiene que “a medida que la necesidad resulta socialmente soñada, el sueño se hace necesario. El espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada que – en última instancia – no expresa sino su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián de ese sueño” (tesis 21), es decir la anestesia que guarda la inconsciencia y nos mantiene en ella. 
Posiblemente el lector contemporáneo tenga la sensación de que estos análisis no han perdido vigencia y de que incluso hemos encontrado nuevas formas de entretenernos enajenadamente en los tiempos que corren, en especial gracias al desarrollo de las nuevas tecnologías. Si el diagnóstico es acertado, la situación puede parecernos asfixiante. Buena parte de la existencia del hombre estaría dedicada a la labor de procurarse medios de subsistencia en un sistema enajenante que provoca pesar y el resto del tiempo que bien podría y debería estar enfocado a encontrar una salida a esa situación, potencia la alienación. Ese intento de salida se convierte en una “fuga de” en lugar de ser una verdadera “salida hacia”. El hombre alienado no huye de la alienación, sino que huye alienadamente, que no es lo mismo, sino más bien lo contrario. Al querer alejarse de la alienación de sí mismo, termina huyendo de sí mismo y radicalizando la alienación. Esto, en consecuencia, no representa una verdadera solución, una salida hacia arriba, una superación cualitativa en el modo de vérnoslas con la realidad, sino sólo un cambio de realidades con las que permanecemos relacionándonos de la misma manera enajenada.
En nuestro tiempo “libre”, seguimos sin estar verdaderamente presentes a y en nosotros mismos. El tiempo “libre” entonces pierde el rasgo de tal. ¿Cómo habríamos de saber lo que interiormente queremos, si no habitamos en nuestra interioridad? ¿Y cómo habríamos, en consecuencia, de ejercer nuestra libertad interior, si nos hemos desligado y fugado de nosotros mismos?
Quien no habita en su morada corre el riesgo de que otros invadan su interior. Y no lo harán de manera anunciada y a gritos pues eso nos pondría en alerta, sino con la sutileza y seducción necesaria como para que su invasión no nos perturbe y no nos haga falta siquiera tomar conciencia de ella. Así nos convertimos en víctimas y victimarios a la vez. Victimarios, porque somos nosotros los que nos dejamos seducir y los que nos dejamos invadir. Víctimas, porque nuestra interioridad ha sido invadida con una violencia silenciosa que por ser silenciosa no deja de ser menos violenta. Y desde allí somos manipulados, sin que quizás lleguemos a tomar nota de ello, en el sagrario de nuestra intimidad que debería permanecer inmanipulable. Entonces ya sabemos lo que ocurre: bajo el título de “libertad” nos venden lo que es un mero “poder hacer”, después de haber conquistado e inutilizado nuestra capacidad de elegir. Nos convencen de que somos libres de decir lo que pensamos, después de adoctrinarnos sobre lo que debemos pensar. Nos permiten consumir lo que queramos, después de habernos convencido de que queremos consumir y qué es lo debemos querer consumir. Nos abren las puertas a miles de distracciones, después de haberse asegurado de que deseemos distraernos. Nos dan la posibilidad de cubrir todas nuestras necesidades, después de haberlas convertido en “necesidades” para nosotros. 


¿Qué queda de libertad en un “tiempo libre” vivido de esta manera? ¿Qué sentido tiene el tiempo libre, del cual disponemos mucho más que en épocas anteriores,  si en el fondo no disponemos de nosotros mismos? Si tal es la situación del hombre contemporáneo, entonces vale para él el diagnóstico de Fromm:

no es libre de gozar «su» tiempo disponible; su consumo de tiempo disponible está determinado por la industria, lo mismo que las mercancías que compra; su gusto está manipulado, quiere ver y oír lo que se le obliga a ver y oír; la diversión es una industria como cualquiera otra, al consumidor se la hace comprar diversión lo mismo que se le hace comprar ropa o calzado.[8]

Se trata entonces de un tiempo libre en el cual no hay auténtica libertad pero en el cual se cree que la hay. Los últimos decenios tal vez hayan inventado la mejor manera de generar un totalitarismo sin oposiciones: convirtiéndolo en invisible.[9]


Martín Susnik


[1] Psicoanálisis de la Sociedad Contemporánea, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1962.
[2] Ibidem, p. 106
[3] Ibidem, p. 107
[4] Ibidem, pp. 151-154
[5] Ibidem, pp. 114-118
[6] Ibidem, pp. 118-119.
[7] La Marca, Buenos Aires, 1995.
[8] Ibidem, p. 119
[9] Sobre la historia de la manipulación de los gustos y deseos del consumidor basada en la aplicación de las teorías psicoanalíticas, especialmente en Estados Unidos, cfr. The century of the self, serie documental de la B.B.C. realizada por Adam Curtis en 2002. 
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