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jueves, 24 de julio de 2014

El infierno... ¿son los otros?

Una película argentina, Hobbes, Freud, Sartre… y el otro.


La convivencia con el prójimo parece ser, en muchas ocasiones, una cuestión problemática. Ahí están los vecinos que no barren su vereda, o los que escuchan música a un nivel de volumen perturbador, ahí están las desavenencias en las aventuras del tránsito ciudadano, los empujones en las calles, la competencia en el trabajo, los desacuerdos, la desconfianza… Y ahí están nuestras puertas, cerradas. Con llave, de ser posible.
La película argentina El hombre de al lado escenifica la cuestión con acertada sencillez y tono cómico-dramático. Leonardo (Rafael Spregelburd) es un diseñador exitoso, admirado por colegas y discípulos, que al parecer goza de buena fama e ingresos. Un tipo “top” podríamos decir, o muy “cool”. Vive en la Casa Curutchet (La Plata) diseñada por el famoso arquitecto suizo Le Corbusier. Una mañana lo despiertan los mazazos que un albañil está realizando sobre su medianera, lindante con el vecino Victor. Victor (Daniel Araoz) es un hombre con mucha calle, bastante rústico en sus formas, vendedor de autos usados, practicante de la caza y escultor vocacional de dudoso gusto. Un tipo “grasa”, podríamos decir, o al menos eso es lo que diría Leonardo. Los mazazos son el origen del conflicto: Victor expone su necesidad de hacer una ventana en la medianera “para atrapar unos rayitos de sol”, mientras que Leonardo contra argumenta que eso implicaría una violación de su intimidad y de la ley. Pero estas argumentaciones parecen ser más bien un pretexto; lo cierto es que Leonardo no quiere de ninguna manera que Victor tenga una ventana mirando a su prestigiosa casa. ¿Por qué no? ¿Por una cuestión estética? ¿Por temor? ¿Por pudor? 


¿Por qué es molesta la presencia del otro?

Hace unos siglos ya el filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679) planteaba que el hombre es lobo para el hombre.[1] El ser humano, egoísta por naturaleza, intenta satisfacer sus intereses sin otra limitación que su propia fuerza, de lo cual se sigue un inevitable choque de fuerzas que origina un estado de naturaleza en la que el ser humano no ve en el prójimo otra cosa que a un enemigo al que debe vencer y exterminar. Los hombres, guiados por su instinto de supervivencia, el egoísmo, la desconfianza, la competencia por el afán de fama y reputación, se hallan inmersos en un estado de naturaleza que es una guerra de todos contra todos. La única solución estriba en que los seres humanos constituyan entonces, por medio de un contrato, la sociedad civil. El contrato consiste en que los individuos transfieren sus poderes individuales a un solo hombre o una asamblea de hombres; el Estado se convierte entonces en Soberano Absoluto, el Leviatán – nombre del monstruo bíblico, que todo lo devora -  cuyo poder aúna todos los derechos individuales que le han sido transferidos.[2]

Freud (1856-1939) reflexiona por una senda similar. La vida en sociedad implica el sacrificar la satisfacción de los instintos básicos que pugnan por el placer (implica restricciones al principio de placer que se contradicen con la libertad y una “distribución” de la libido para fines no sexuales) y la represión de los instintos agresivos (que brotan de una hostilidad primordial entre los hombres, en lo que coincide con Hobbes). Esta agresividad es entonces introyectada y terminan fomentando el aumento del sentimiento de culpabilidad. Este es el precio pagado por el progreso de la cultura: la pérdida de la felicidad por el aumento del sentimiento de culpabilidad.[3]

       Pero el problema de Leonardo no parece ser de tipo Hobbesiano. Al fin y al cabo Victor no se muestra como un competidor, como rival temible ni como aquel del que hubiere que desconfiar. Tampoco parece ser un conflicto Freudiano. Victor no es una metáfora del super-yo moral como autoridad internalizada convertida en conciencia moral; ni siquiera llega a ser causa de restricciones al principio de placer. ¿Cuál es entonces el problema? El problema es que Victor es simplemente (y nada menos que) el otro, el distinto de uno. Su sola presencia es molesta, insoportable, sin que haga falta que sea peligrosa o amenazante.
    El conflicto nos recuerda más aquella frase de Sartre (1905-1980) según la cual “el infierno son los otros”.[4] Su simple mirada es perturbadora, es un elemento de desintegración de mi universo, puesto que entre los objetos de este universo mío ha aparecido uno que es sujeto y, por tanto, en torno al cual se agrupa todo un espacio que está hecho con mi espacio. Ser visto por el otro significa ser vulnerable, convertirse en ese yo que otro conoce, en un mundo que otro me ha alienado. Ser mirado es captarse como objeto de apreciaciones de valor incognoscibles, como un ser indefenso ante una libertad que no es la propia; ser objeto de la mirada ajena es esclavitud. El prójimo, a través de su mirada, me constituye en objeto para él.[5]


Mateo Krasevec, "La mirada de los otros"


¿Cómo no habría de molestar, entonces, la presencia del hombre de al lado? Nada tiene Leonardo en su contra, siempre y cuando no moleste. Siempre y cuando su existencia sea "ajena" y no pretenda interferir en su mundo. Es más, hasta le viene bien la ventana para espiar al vecino de noche. El problema es que no quiere que el vecino también pueda mirarlo a él. Porque lo que Leonardo quiere es que lo dejen tranquilo en ese mundo "suyo", ese mundo donde tiene éxito y lo aplauden, el mundo de su familia, de sus amigos, de sus colegas, de sus alumnos…
Pero ¡un momento! ¿Un mundo en el que el matrimonio es una farsa, en la que el diálogo es simulado y las muestras de cariño (si es que las hay) son gélida rutina? ¿Una familia en la que la relación y el diálogo con la hija son o inexistentes o absurdos? ¿Unos amigos con los cuales el vínculo es mera formalidad superficial y esteticista, y de los cuales nada impide hablar mal cuando se van? ¿Unos colegas que apenas si sirven de instrumento para los propios fines? ¿Unos alumnos frente a los cuales, si no se es un arrogante con aires de superioridad prepotente, es porque se ha de intentar seducirlos?

¿O será entonces que en realidad en el caso de Leonardo el infierno no es el otro, sino que es él mismo? O mejor dicho, que se experimenta al otro como lo perturbador (lo "infernal") porque en realidad la perturbación está dentro de la propia morada, cuya decrepitud es justamente producto de la no apertura al otro… ¿Cómo no habría de ser perturbadora la presencia del otro cuando es masturbatoria le existencia propia?

Quizás el otro no sea el infierno, sino la posibilidad de salvación. Quizás el otro, el hombre de al lado, el prójimo, no sea necesariamente causa de conflicto, sino de encuentro. Quizás el otro no sea el infierno, sino el ángel que puede socorrernos cuando estemos encerrados en el peligro de perdernos a nosotros mismos y lo que es nuestro...

Eso sí. No puedo contarles el final de la película...




Martín Susnik



[1]Así hallamos en la naturaleza del hombre tres causas principales de discordia. Primero, la competencia; segundo, la desconfianza; tercero, la gloria. La primera causa impulsa a los hombres a atacarse para lograr un beneficio; la segunda, para lograr seguridad; la tercera, para ganar reputación. La primera hace uso de la violencia para convertirse en dueña de las personas, mujeres, niños y ganados de otros hombres; la segunda, para defenderlos; la tercera recurre a la fuerza por motivos insignificantes, como una palabra, una sonrisa, una opinión distinta, como cualquier otro signo de subestimación, ya sea directamente en sus personas o de modo indirecto en su descendencia, en sus amigos, en su nación, en su profesión o en su apellido. Con todo ello es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos. Porque la guerra no consiste solamente en batallar, en el acto de luchar, sino que se da durante el lapso de tiempo en que la voluntad de luchar se manifiesta de modo suficiente.” T. Hobbes, Leviathan, cap. XIII, p. 96. Trad. de M. Frassineti de Gallo.
[2]El único modo de erigir un poder común semejante, capaz de defender [a los hombres] de la invasión de extranjeros y de los daños que cada uno puede infligir a otro y que les proporcione así seguridad de modo tal que puedan nutrirse y vivir satisfactoriamente de su propia industria o de los frutos de la tierra, es conferir todo ese poder y fuerza a un hombre o una asamblea de hombres que pueda reducir sus voluntades (…) a una sola (…). Esto es más que consentimiento o concordia; es una real unidad de todos en una y la misma persona; como si cada uno dijera a otro. “Autorizo y traslado mis derechos de gobernante a este hombre o Asamblea de hombres con la condición de que tú hagas los mismo”. Esa multitud así unida en una persona se llama Estado. Esta es la génesis del gran leviatán (…) ese Dios mortal al cual debemos, pero debajo del Dios inmortal, nuestra paz y defensa. (…) Y el que lleva en sí mismo esa persona es el soberano y tiene poder soberano; todo el que está por debajo de él es su súbdito.” T. Hobbes, Leviathan, cap. XVII,  pp.131-132
[3] cfr. S. Freud, El malestar en la cultura en Obras Completas, Siglo XXI, Bs. As., 2013, Tomo 22, pp. 3017-3067.
[4] J. P. Sartre, A puerta cerrada, Losada, Bs. As., 2001, p. 41
[5] cfr. J. P. Sartre, El ser y la nada, documento en línea: http://www.bsolot.info/wp-content/uploads/2011/02/Sartre_Jean_Paul-El_ser_y_la_nada.pdf,  3ª parte, cap. I, 4, pp. 162-190 (consulta 22-07-13)

viernes, 9 de mayo de 2014

Sueño de libertad

LAS DOS LIBERTADES

Soñamos libertad. O al menos eso es lo que nos gusta creer. La anhelamos, la buscamos, la defendemos, luchamos por ella… Su nombre aparece en mayúsculas en muchas de las banderas que hacemos flamear. Le dedicamos canciones, poemas y películas a montón. Casi nadie se animaría a hablar en su contra y la usamos como fundamento y fin de muchas de nuestras causas, sean de derecha, de izquierda, de arriba o de abajo.
Pero ¿qué es la libertad? Como suele suceder con este tipo de “palabras importantes”, la libertad plantea algunas dificultades para una esclarecida comprensión, y además parece tener más de un significado. Se trata, como gustan decir los filósofos, de uno de esos “términos análogos”, que tienen significados diversos aunque en cierto punto semejantes y relacionados. Sería desubicado pretender exponer aquí las diversas “clasificaciones” de libertades, pero sí haremos referencia a una de ellas, que consideramos básica: la de la libertad en el obrar y la libertad en el querer.
En el primer caso se trata evidentemente de una libertad referida a la acción. Es esta, pues, una dimensión externa de la libertad. Una libertad tal se da en aquel sujeto que no padece un impedimento que le prohibiera o hiciera imposible que sus deseos se vuelvan acciones, o bien que no está obligado desde fuera a una acción que no coincida con su propia voluntad. Se trata de un “poder hacer”, que puede ser de variada índole. Puede ser una libertad física (cuando no hay impedimentos materiales), libertad civil (cuando no hay prohibiciones legales), libertad de expresión, de culto, de circulación… La defensa de estas libertades y la lucha por ellas son de no poca importancia y pelear por esta dimensión externa de la libertad es necesario y muy loable en algunos casos, pues coincide con el respeto por los derechos del hombre. Sin embargo, no es esta la dimensión más profunda de la libertad.
La libertad en el querer es la dimensión interna de la libertad. No se trata ya del obrar libre, sino del querer libre, de la posibilidad de elegir nosotros mismos qué es lo que queremos; es decir, de la posibilidad de que queramos lo que queremos porque queremos. Nuestra relación afectiva con los bienes con los que nos topamos a diario no está determinada de antemano. No está predeterminado si nuestra voluntad habrá de querer o no determinados bienes. Si finalmente los quiere, es porque ella misma se determina a ello. Y esta capacidad de autodeterminación de la voluntad es justamente su libertad interna. Debido a ella el ser humano es, como diría Guardini, no sólo causa, sino autor de sus actos (de aquellos, claro está, que brotan de esta libertad suya).Tal acción no sólo acaece a través de mí, sino que procede de mí. Y no sólo procede, sino que tiene en mí propia y realmente su principio., de tal manera, que yo soy dueño de él. En su ejecución no soy causa, sino autor, no un “algo” que obra, el cual remitiría, como tal a otros “algos”; sino un “yo”, una persona que es en sí consciente de sí y poderosa por sí misma.”[1]



Esta capacidad de autodeterminación es una propiedad del ser humano y fundamento de su particular dignidad personal, pues indica que cada uno es dueño de sus decisiones y elecciones, dueño de sus quereres, en definitiva, dueño de sí mismo.[2] Sobre su existencia testifica claramente el psicólogo Viktor Frankl quien, a pesar de (y debido a) sus experiencias en los campos de exterminio durante la segunda guerra, donde la coacción externa fue severa como pocas veces, concluye: “El hombre puede conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física. (...) Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa; la última de las libertades humanas – la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias – para decidir su propio camino. (...) A diario, a todas horas, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión, decisión que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que amenazaban con arrebatarle su yo más íntimo, la libertad interna; que determinaban si uno iba  o no iba a ser el juguete de las circunstancias, renunciando a la libertad y a la dignidad, par dejarse moldear hasta convertirse en un recluso típico.[3]

En la película The Shawshank Redemption [4], Andy Dufresne (Tim Robbins), es condenado a dos cadenas perpetuas por el asesinato de su esposa y del amante de ésta, pena que ha de llevar a cabo en la prisión de Shawshank, donde trabará amistad con Red (el siempre cumplidor Morgan Freeman). Como en toda película de prisión, el tema de la libertad en el obrar sobrevuela permanentemente y uno no deja de pensar en la posibilidad de que el condenado logre escapar finalmente del presidio. Pero no es ese el centro del largometraje. Lo atractivo de la historia es la libertad interna del protagonista, cuyos  objetivos, convicciones y personalidad han permanecido lo suficientemente consistentes como para no dejarse vencer por presiones ajenas ni por flaquezas propias. Lo que distingue a Dufresne a lo largo de toda su estadía en Shawshank es que no pierde la esperanza y que no deja de ser jamás profundo dueño de sí mismo. Dufresne nunca llega a ser un preso institucionalizado, porque interiormente siempre ha permanecido libre, más allá de cuál termine siendo su destino final.



Sin esta libertad interior, la posibilidad externa de pasar a la acción pierde su rasgo humano. Podemos tener la posibilidad de obrar, podemos estar exentos de impedimentos y obligaciones externas, pero todo ello no tiene ningún carácter personal si no elegimos primero en nuestro foro interno, si esta acción hacia afuera no tiene su fuente en las decisiones de las que somos capaces en el núcleo de la propia intimidad. Podemos agitar nuestras banderas, exigir y luchar por nuestra libertad exterior, pero todo ello termina siendo superfluo si somos incapaces de conservar nuestra libertad interna.
El sujeto que teme a su propia interioridad, que vive volcado exclusivamente hacia lo externo por miedo al encuentro consigo mismo, no podrá mantener ni fortalecer la verdadera libertad, pues ésta se encuentra precisamente en esa interioridad de la cual huye. Si no habita en su interior, entonces no puede ser dueño de sí mismo pues no está parado sobre los propios pies y su posición es demasiado débil, facilitando la manipulación externa. La moda, la opinión ajena, la publicidad, las ideologías, las cosmovisiones le serán impuestas sin obstáculos dado que él mismo no cuida su hogar interno y corre el riesgo de que otros se adueñen de él. Y lo que es particularmente peligroso, en no pocas oportunidades sitiarán su intimidad en nombre de la “liberación” convenciéndolo de hacer lo que quiera, después de haber obstaculizado la posibilidad de un querer auténticamente libre.

Mucho se habla, incluso se grita, sobre la libertad. A primera vista la defendemos todos y en su nombre también cada cual vende su mercancía. Sin embargo, habrá que estar atento para no perder el cuidado de la vida interior y no huir del encuentro con uno mismo, de lo contrario ese griterío no pasará de ser un vacuo bullicio y esas ventas se convertirán en totalitarismos invisibles que juegan con nuestra debilidad. Tal vez no sean pocas las veces en que somos esclavos inconscientes, de esos que incluso están satisfechos con su esclavitud, pues la confusión impide que la reconozcan como tal.





[1] R. Guardini, Libertad, gracia y destino, Lumen, Bs. As., p. 16
[2] Los idiomas eslavos muestran con acierto que, justamente por su libertad (“svoboda”), cada uno es “propio” (“svoj”), soberano de sí mismo. Cfr. M. Komar, Pot iz mrtvila, SKA, Buenos Aires, 1965, p.61 (edición en castellano La salida del letargo, Ed. Sabiduría Cristiana, 2014, p.  59.
[3] V. Frankl, El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona 2001, pp. 98-99.
[4] Cadena perpetua en España, Sueños de libertad en la Argentina, película de 1994 dirigida por Frank Darabont, basada en la novela de Stephen KingRita Hayworth y la redención de Shawshank.

lunes, 21 de abril de 2014

“LET IT GO” (Frozen) y la libertad

En la entrega de los Premios de la Academia 2014, en la categoría a mejor canción original, el Oscar fue para la canción Let i go de la película Frozen (Disney). No es este el lugar para juzgar los méritos musicales de la obra, que sin duda los tiene. Lo que nos interesa señalar es algunos aspectos del contenido de su letra.

La canción ha alcanzado un indudable éxito, no sólo en su versión original, sino en la infinidad de “covers” que se han reproducido a partir del atractivo que evidentemente genera la versión original. Tal ha sido el éxito, que la canción ha adquirido una fama autónoma, más allá del contenido de la película. Es por ello que nos interesa decir aquí algunas palabras; podría suponerse que se trata de una pieza musical representativa del largometraje, cuando en realidad el mensaje que la canción transmite es, de alguna manera, contrario al que intenta dejar la película.

Ubiquémos entonces la canción en contexto (y ponemos sobre aviso a quienes no hayan visto Frozen aún que haremos referencia al contenido de la película). El matrimonio real de Arendelle, imaginario reinado nórdico, cuenta con dos hijas, Elsa y Anna. La primera y mayor de ellas posee uno mágicos poderes con los que puede manipular a gusto la nieve y el hielo. Haciendo uso de este talento con fines lúdicos hiere accidentalmente a su hermana menor con un “rayo de frío” en la cabeza (y por suerte no en el corazón, lo cual hubiese significado una herida de mayor gravedad). Ante la posibilidad de futuros infortunios de esta índole, los monarcas deciden que Elsa permanezca en su habitación, tratando de controlar este poder. Pero el matrimonio real fallece en un naufragio y la mayor de las hermanas debe asumir como nueva reina, saliendo para ello de su encierro. Lucha contra las manifestaciones de su magia, que podrían acarrear dificultades en la aceptación de su rol de soberana, y sortea el problema con éxito durante la ceremonia de coronación, pero pierde el control cuando su hermana Anna le solicita la bendición para unirse en matrimonio con un joven que acaba de conocer. El autodominio se vuelve imposible y su rasgo “brujeril” queda al descubierto, ocasionando además el asentamiento de un invierno permanente sobre la región. Elsa decide entonces escapar a las montañas, aislarse de aquellos que podrían no aceptarla y para los cuales ella siente que representa un peligro. Es allí donde aparece la canción como una manifestación de liberación de parte del personaje.



A primera vista, como hemos mencionado, la letra manifiesta una liberación. Elsa profiere la exhortación “déjalo ir” (o “libéralo”, si se prefiere) como convenciéndose a sí misma en esta decisión que ha tomado. La represión que ha ejercido a lo largo de su vida sobre su poder-talento se ha hecho insostenible  y ahora está dispuesta a liberar su verdadero ser, independizándose de toda atadura. ¿Qué es lo que hay que dejar ir? Su poder, claro está, pero también su pasado, su aferro a todo lo anterior. Hay que pegarse media vuelta y cerrar la puerta a todo lo que quedó atrás. Elsa decide deshacerse del miedo que la controlaba hasta entonces, y con ello eliminar toda norma, toda regla, toda limitación. Elsa, en su liberación, decide romper relaciones con el mundo. Pero no sólo rompe relaciones con los “otros”, sino consigo misma. Se despoja de su identidad, pues la identidad es un límite. Se deshace del guante, de la bufanda, de la corona… Cambia radicalmente su peinado por uno de versión más sensual, muda su ropa por completo. Todo lo que, de alguna manera, la tenía aprisionada, queda atrás. Y todo lo que la identificaba prácticamente también, por eso ahora se siente una con el viento y con el cielo. “No hay bien, no hay mal, no hay reglas para mí… ¡Soy libre!” canta la protagonista. Su tormenta interna, aquella cuya salida intentó bloquear con todas sus fuerzas y durante tanto tiempo, dejará –justamente– de  atormentarla al darle rienda suelta. Elsa huye para reinar sin ataduras y para dejar de esforzarse por ser la niña perfecta que le han exigido ser hasta entonces. Las exigencias del deber ser de otrora son vencidas por la espontaneidad del personaje. Ahora ya no hay censuras, ya no hay represión. Después de vivir tanto tiempo bajo las exigencias de otros y preocupada por lo que los demás podrían pensar, Elsa decide alejarse de esos “otros”. Ahora ya no importará lo que digan… Let the storm rage on!

¿Quién no ha querido expresarse de esta manera alguna vez? Podría pensarse que es una canción liberadora con todas las letras… Sin embargo, una lectura de ese tipo parece producto de una visión parcial y descontextualizada si tenemos en cuenta el contenido todo de la película. Y es teniendo en cuenta ese todo que la canción adquiere su verdadero sentido.

¿Es Let it go el mensaje que quiere dejar la película? ¿Es esta la enseñanza definitiva a la que nos invita el personaje de Elsa? La respuesta es negativa. Este es apenas el comienzo, el planteamiento definitivo del conflicto. Considerar esto como el núcleo del largometraje sería tan absurdo como pensar que Crimen y Castigo recomienda el homicidio.  Aquí es donde el drama del personaje re-plantea sus bretes: el primero de ellos es la represión de sus poderes a la que se vio forzada, el segundo es la liberación sin límite de esos poderes. En ambos casos, el conflicto permanece.

En Let it go, Elsa decide liberarse de todo lo anterior, incluso de sí misma, y reinar sin ataduras, sin reglas a las cuales sujetarse. Pero ¿cómo es ese reino? Un reino de desolación, un reino de soledad, un reino de frío… Un imponente palacio de hielo se ha erigido como nuevo hábitat de la protagonista, pero en última instancia es un palacio de encierro (bien lo subraya el portazo final de la canción). Ese es el precio de esa supuesta total libertad: la soledad y la reclusión (idea subrayada en la canción siguiente, For the first time in forever – reprise, con la frase “I´m alone and free”; pero en esta ocasión Elsa ya no manifiesta la energía liberadora de la canción anterior, sino que se expresa de modo más preocupado y adusto).



El aislamiento y el encierro son, paradójicamente, el precio que se debe pagar por pretender una libertad “total”; en tal pretensión uno debe deshacerse de todo vínculo y posibilidad de encuentro, pues todo vínculo sería un límite para esa pretendida libertad. Tal pretensión debe deshacerse incluso del límite que uno supone para uno mismo. Pero a la larga no es posible… Anna anoticia a Elsa sobre las consecuencias invernales que afectan a Arendelle tras la liberación de los poderes de la hermana mayor. Pero no es un reproche. Anna ofrece su ayuda, su presencia… pero Elsa se niega, insiste en la reclusión. Descubre y reconoce con pesar que esa “libertad” que pretendía no es posible (“I`m such a fool, I can`t be free… No scape from the storm inside of me”). Y ahora el miedo adquiere una intensidad aún mayor que la que tenía antes. Sabe que se ha convertido en un peligro, pero es justamente con la insistencia en su soledad y su no aceptación del socorro fraternal con lo cual hiere gravemente a su hermana menor que había ido en su rescate.
La solución al conflicto de Elsa no puede consistir en volver a la represión, claro está. Pero tampoco reside en esa “liberación total”  que, en última instancia, se transforma en ausencia, inautenticidad e incluso peligro. No reside en la fuga y el apartamiento, sino en el regreso, el retorno a su hogar, a su lugar propio en el mundo.


Ella misma será incapaz de encontrar esa salida por su cuenta. Elsa volverá a Arendelle a pesar de su voluntad, como prisionera. Pero allí será finalmente el ejemplo de su hermana, quien decide dar la vida por ella, el que le permitirá descubrir el verdadero camino para superar su hasta entonces irresoluto conflicto. La solución se dará en el amor. Es el amor el que le permitirá a Elsa encausar sus poderes y utilizarlos para el bien y la belleza. Es el amor el que le permitirá ser la reina que en verdad podía ser, es decir, es el amor el que le permite ser auténtica y plenamente ella misma.


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