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martes, 20 de septiembre de 2016

¿Crisis de valores?



Crisis de…

Se ha vuelto un lugar bastante común hablar de la actual “crisis de valores” como característica de nuestra época. Son muchas las voces que en los últimos años (y van unos cuántos, podríamos decir que décadas…) han alzado su protesta señalando que lo que antes era considerado “valioso”, “importante”, “correcto”, “respetable” parece haber perdido su vigencia en los tiempos que corren. “Antes había más respeto” se escucha en algunos ámbitos, “ahora a nadie le importa nada” se quejan más allá, “cada uno piensa sólo en salvarse él y el resto que se embrome” observan otros, “ya nadie valora el esfuerzo, hay una cultura facilista” profieren, y la lista podría continuar largamente.
Es cierto que a veces estas observaciones vienen sazonadas de una sospechosa nostalgia y un discutible aferrarse a tiempos pretéritos por el hecho de ser pretéritos – esa mentalidad del “todo tiempo pasado fue mejor” que obstaculiza las posibilidades de notar algunas eventuales mejoras que hayan venido con los nuevos tiempos. No obstante, más allá de lo que esa mirada pueda tener de distorsionada, la observación de la tan mentada crisis de valores de nuestra época no parece reducirse a una cuestión de mera nostalgia. Incluso buena parte de la bibliografía filosófica, sociológica y psicológica tiende a realizar un análisis en tono similar.



Cabría preguntarse, sin embargo, si se trata realmente de una crisis de los valores en sí mismos o si es, por decir de alguna manera, una crisis de los valorantes, es decir de aquellos a los que nos toca valorar. ¿Pero cómo –observará el lector­– acaso podemos hablar de “valores en sí mismos”? ¿Acaso los valores no son tales justamente porque nosotros los valoramos? En cierto sentido, si dejamos de valorarlos parecería que dejan de ser “valores”, y eso explica este asunto de la crisis, ¿o no? Sin embargo, si los valores, para ser valiosos y por tanto valores, dependen de nuestra valoración, entonces la mencionada crisis de los mismos resulta, tarde o temprano, prácticamente inevitable. Si no atribuimos a lo “valioso” cierta objetividad y, por tanto, cierta independencia respecto a su ser-valorado-por-nosotros, no debería resultar sorprendente que los valores cambien al compás inestable de nuestras caprichosas y cambiantes valoraciones. Resultaría incluso contradictorio pretender que se mantengan vigentes, que no se derrumben, que no entren en crisis, si su fundamento no es otra cosa que nuestro (cada vez más) cambiante valorar.
Pero la fundamentación subjetiva, así como hace que la crisis de valores sea en cierta medida inevitable, la convierte también (paradójicamente) en imposible. En efecto, ¿basados en qué podríamos todavía hablar de “crisis”? ¿En qué habríamos de apoyarnos –después de haber quitado a los valores toda objetividad– para seguir sosteniendo que algo debería seguir siendo valioso? ¿Por qué habríamos de añorar ciertos valores caídos en desuso, si es solamente el uso lo que los convertía en valores?
Al hablar de “crisis de valores” (para quienes gustan hacerlo) lo primero a tener en cuenta es que la crisis o no es tal o no es propiamente de los valores, sino de los que hemos dejado de valorar aquellas cosas que, en sí mismas y objetivamente, siguen siendo valiosas. Es decir, el problema no son los valores, sino nuestra aptitud para ser movidos por ellos.[1]




¿Alternativas?

¿Pero acaso no podríamos buscarle otra vuelta al asunto sin tener que considerar a los valores como algo “objetivo”, “absoluto”, etc.? ¿Por qué no pensar lo axiológico como un campo en el que estamos llamados al diálogo y al consenso? Sería cuestión de ponernos de acuerdo sobre lo que consideraríamos “bueno” sin necesidad de que esos valores se nos impongan desde fuera. Parecería incluso más “democrático” (o, dirían algunos, parecería la única manera de hacerlo democrático).
Sin embargo, hay razones para objetar la propuesta. Por un lado habría que ver qué tan sustentable es, en la práctica concreta, la confianza depositada en la posibilidad de alcanzar ese consenso mediante el diálogo, o si se quiere ser aún más severo, cuántas posibilidades hay en realidad de establecer un verdadero diálogo. La confianza ciega en la idea de “hablando se arreglan las cosas” tiene mucho de loable sin duda, pero a la vez podría estar pecando de ingenua. Una lectura de la historia humana e incluso la simple observación atenta de la convivencia cotidiana invitan no ya a denostar las propuestas de diálogo (en sí mismas, muy valorables, insistimos) pero sí a desconfiar de esa ciega certidumbre respecto al éxito. Eso por una parte, más bien práctica. Por otra, de tipo más teórico, la propuesta del consensualismo no deja de pisar su propia cola: al considerar el diálogo y el consenso como algo respetable, válido y valioso en sí mismo, objetivamente, incurre claramente en contradicción. Salvo, claro, que se pretenda fundamentar el consesualismo mismo en algún consenso, lo cual no deja de ser poco convincente. Imaginemos a alguien que interrogase por qué debería someterse él a lo convenido y se le respondiese que por consenso se ha establecido que se debe hacer lo que se establece por consenso…
¿Y si liberamos a los valores de todo rasgo absoluto, de toda pretendida objetividad, y los dejamos librados a la consideración de cada cual con el único requisito de que no afecten negativamente la vida de los demás? El problema sigue siendo el mismo, pues propone el respeto del otro como un límite objetivo y considera al prójimo como algo en sí mismo valioso y por tanto respetable.
Sea por donde fuere que intentemos, la necesidad de cierta objetividad se nos impone o, en su defecto, lo que se termina imponiendo es la imposibilidad de seguir hablando seriamente de valores y de pretender defenderlos. Esto no significa que tengamos que pensar la objetividad de los valores al modo como Platón pensaba la “objetividad” de las ideas (esencias), salvo que querramos hablar de la solidaridad-en-sí, la honestidad-en-sí, la responsabilidad-en-sí, etc. En todo caso, el debate sobre un platonismo axiológico, su importancia y sus limitaciones, excede los límites de lo propuesto para estas páginas. Pero no sería poco para los tiempos que corren que volvamos a tener en cuenta la importancia de algún en-sí que es fundamento de los valores y que, por su importancia, los hace en sí mismos valiosos y les reconoce una objetividad que supera nuestro mero consenso y nuestra muchas veces tan caprichosa subjetividad.

“Sólo si es valioso en sí el pensamiento, podemos defender la libertad de expresión; sólo si la vida humana es valiosa en sí podemos calificar al maltrato, la miseria, el desempleo, el analfabetismo, la tiranía, la tortura y cualquier forma de agresión de ilegítimos. El espanto que causa en nuestro interior la noticia acerca de una beba de seis meses agonizante a causa de la golpiza que le diera la pareja de su madre, no es atribuible al hecho de que el personaje en cuestión haya transgredido las costumbres o una ley positiva <consensuada>, sino a la misma niña de seis meses cuya dignidad ha sido ultrajada.”[2]


Docilidad

Si, como proponíamos renglones arriba, la habitualmente denunciada crisis de valores no es un problema de los valores sino de nuestra capacidad de ser movidos y atraídos por ellos, entonces las posibilidades de lograr alguna mejora en este ámbito está estrechamente ligada a nuestro crecimiento en esa capacidad. Se trata de afinar nuestra sensibilidad, nuestra docilidad ante lo que verdaderamente importa, ante la presencia del otro, ante lo que es valioso en sí.[3] No nos referimos a la “docilidad” que hace al hombre manipulable, claro está, sino a aquel “dejarse enseñar” que permite armonizar lo objetivo con lo subjetivo, internalizar lo otro (sin que deje de ser otro) para nutrirse con ello y estimular la acertada respuesta personal.
Esta docilidad no se afina principalmente con exhortaciones oratorias, con charlas motivacionales ni con exposiciones teóricas desde un púlpito o una cátedra (o un blog…). Puede que estos ayuden a la hora de emprender el camino de mejora; en todo caso, siempre es recomendable tener una mirada más clara para evitar confusiones y, en ese sentido, los “empujones emocionales” o las “disertaciones explicativas” pueden tener alguna utilidad. Pero incluso la mirada teórica (contemplativa) y la motivación se desarrollan en última instancia en la vivencia directa del valor. Dice Spaemann: “La capacidad de conocer valores crece si uno está dispuesto a someterse a ellos, y disminuye cuando no se da esa disposición. Ese conocimiento de los valores no se alcanza ante todo por el discurso, o la enseñanza, sino por la experiencia y la práctica.”[4]
La cuestión se presenta entonces de manera circular, como suele suceder en estos casos: para experimentar y vivir los valores hay que ser dócil ante ellos, y para favorecer esta docilidad hay que experimentarlos y entablar una vivida relación con ellos. La misma circularidad vale también en sentido contrapuesto: cuando menos dóciles seamos para lo valioso, menos lo experimentaremos, lo cual irá aumentando nuestra indocilidad.
Si es esa indocilidad la que se halla en el núcleo de la crisis, entonces tal vez más nos valdría no perder el tiempo…










[1] Recordemos que el griego axios (valioso, válido, digno) proviene etimológicamente de ágo (empujar, arrastrar, llevar). Lo valioso, por ser valioso, nos mueve (motiva), nos lleva.
[2] M. Mosto, Quereme así piantado, Areté, Buenos Aires, 2000, p. 140
[3] “Hay dos factores que convergen en la química de la atracción de un bien. Uno viene del lado del objeto. Lo que nos atrae tiene algo en sí mismo que es capaz de despertar nuestra tendencia. Es común que se denomine a esa cualidad del objeto valor. Lavelle gustaba definir al valor como aquello que rompe nuestra indiferencia afectiva. Pero a nivel natural no basta la presencia del valor para que la atracción se realice, es necesaria también la disposición del sujeto: la presencia atenta del sujeto y su capacidad de recibirlo. Puede darse que seamos ciegos frente a determinados valores o que nuestra percepción privilegia unos y se cierre frente a otros.”  M. Mosto, op.cit., p. 120
[4] R. Spaemann, Ética: Cuestiones fundamentales, Eunsa, Navarra, 2010, p. 55

lunes, 15 de agosto de 2016

La pesadez de la liviandad



La vida light y la vida pesada

A fines del siglo pasado (nos referimos al siglo XX, por si todavía hay algún despistado) apareció en las estanterías de las librerías y con mucho éxito el libro del psiquiatra español Enrique Rojas titulado “El hombre light”. Algún día cabría detenerse en el éxito de obras de este tipo, puesto que se trata de uno de los muchos libros en los que se analiza, por decirlo en breve, “lo mal que estamos”. No digo que el éxito sea llamativo porque los diagnósticos sean desacertados. Quien esto escribe adhiere de hecho a buena parte del análisis que Rojas realiza en el libro mencionado. Lo que resulta llamativo, y da qué pensar, es que resulte exitosa una literatura cuyo contenido es tan crítico respecto al estilo de vida contemporáneo; como si hubiera un cierto gusto en reconocer que las cosas no andan tan bien – tal vez porque estos autores logran poner bajo la lupa y luego en palabras sensaciones generalizadas del hombre de a pie. Podría ser esto una muestra de que solemos tener una mirada en cierta medida negativa sobre el modo en que estamos llevando a cabo nuestras existencias. Por otro lado, y no es menos curioso, a la vez que apelamos a este tipo de lecturas, no parece que terminemos de encontrarle la vuelta al asunto. Los diagnósticos como el de Rojas, lejos de haber perdido vigencia con los años, resultan tan o quizás incluso más válidos y acertados que cuando fueron escritos. “El hombre light”, por ejemplo, es de 1992. Está pronto a cumplirse ya un cuarto de siglo desde su aparición. Y aún hoy –al menos es lo que observo en mis experiencias con los estudiantes– cuando alguien conoce sus páginas, lo más común es que la mayoría tienda a coincidir con las observaciones que allí se exponen y con el carácter preocupante de las mismas.
¿Y cuáles son estas observaciones? Las que se resumen en el título del libro: los hombres y mujeres de finales del siglo XX somos “hombres light”, envueltos en la tetralogía hedonismo-consumismo-permisividad-relativismo, y así como los productos light, carecemos de sustancia. Al analizar el perfil psicológico del hombre promedio de nuestra época, señala el autor:
                                           
“Se trata de un hombre relativamente bien informado, pero con escasa educación humana, muy entregado al pragmatismo, por una parte, y a bastantes tópicos, por otra. Todo le interesa, pero a nivel superficial; no es capaz de hacer la síntesis de aquello que percibe, y, en consecuencia, se ha ido convirtiendo en un sujeto trivial, ligero, frívolo, que lo acepta todo, pero que carece de unos criterios sólidos en su conducta. Todo se torna en él etéreo, leve, volátil, banal, permisivo. Ha visto tantos cambios, tan rápidos y en un tiempo tan corto, que empieza a no saber a qué atenerse o, lo que es lo mismo, hace suyas las afirmaciones como «Todo vale», «Qué más da» o «Las cosas han cambiado». Y así, nos encontramos con un buen profesional en su tema, que conoce bien la tarea que tiene entre manos, pero que fuera de ese contexto va a la deriva, sin ideas claras, atrapado – como está – en un mundo lleno de información, que le distrae, pero que poco a poco le convierte en un hombre superficial, indiferente, permisivo, en el que anida un gran vacío moral.”[1]

Rojas sostiene que vivimos en la era de plástico, donde todo está hecho para usar y tirar; se debilitan los vínculos, decrece el compromiso y aumenta la indiferencia, se genera una desorientación ante los grandes interrogantes de la existencia y surge un nuevo tipo de inmadurez. Se trata de “un ser humano rebajado a la categoría de objeto, repleto de consumo y bienestar, cuyo fin es despertar admiración o envidia” pero que tarde o temprano se irá quedando “huérfano de humanidad”.[2]

Posiblemente sean muchos los lectores que coincidan con ese análisis. Por otra parte, sin embargo, intuyo que no serían pocos los que estarían también de acuerdo si señaláramos que cierta parte de nuestras existencias tardo-modernas están también signadas por una sensación de pesadez. En el uso metafórico utilizamos el adjetivo “pesado” para referirnos a aquellas realidades o experiencias que resultan molestas, fatigosas, agobiantes, cansadoras. Lo “pesado” es lo difícil de sobrellevar. Y así nos podemos quejar por lo “pesada” que es una tarea, una persona, una película o una obra literaria, una conversación, una clase… Utilizamos esta expresión para referirnos a aquellas cosas y vivencias que resultan una carga para nosotros, debido a lo cual muchas veces preferiríamos desprendernos de ellas.
Lo paradójico –aunque en el fondo no tanto– es que parece haber una íntima relación entre estos dos aspectos, la liviandad  (la vida “light”) y la pesadez. Lo que explica esta vinculación que aquí intentamos señalar es la superficialidad, pues se trata de un elemento común a ambos.
En la vida “light” predomina, como leíamos, una relación superficial con lo otro (con las personas, con las cosas, con las tareas, con las ideas, con los valores, con la belleza…). Una superficialidad que es señal de la falta de encuentro íntimo con lo real y que produce un vacío que en general intenta luego ser superado de diversas maneras (la multiplicación de la cantidad de experiencias pretende suplantar la falta de calidad de las mismas, la velocidad y la hiperactividad aumentan ante la ausencia de algo que invite al detenimiento y la quietud, las tendencias e intereses se dispersan, el sujeto se fragmenta, el ruido pretende suplantar la insoportable vacuidad del silencio). Buscamos caminos que posibiliten una fuga ante el vacío que generan las relaciones puramente epidérmicas que, en cuanto tales, no logran “llenarnos”, no nos alimentan, no llegan a producir una experiencia profunda de sentido.
Esta superficialidad es también un elemento propio de la pesadez. La vida, o al menos algunos momentos de ella, se torna “pesada” cuando es aburrida. Y lo que genera el aburrimiento (aborrecimiento) es justamente la sensación de vacío que viene ligada al modo superficial de habérnoslas con las cosas. Ese mismo vacío resulta agobiante, fastidiante, molesto, y genera un tipo particular de cansancio. No nos referimos al cansancio por el gasto de energía que se da al intentar superarlo, sino al agobio que la misma experiencia de vacío genera en el sujeto, y esto porque precisamente no invita a poner en juego nuestras energías. Lo más “cansador” no es el gasto de energías, sino el no poder hacer uso de ellas porque la relación con la realidad es tal que no nos moviliza a hacerlo. Así, por ejemplo, una hora de clase puede ser muy “pesada” no por el verdadero peso de su contenido, sino porque lo que falta es justamente contenido, porque es una clase demasiado “light”. Lo que hace “pesada” una conversación es que justamente no haya en ella nada que saborear ni nada que nos nutra. Una tarea se hace “pesada” cuando no vislumbramos ni su por qué ni su para qué y por tanto nos resulta carente de sentido alguno.





Dos tipos de cansancio

Cuando hay vínculo, cuando hay encuentro profundo (y, por tanto, también compromiso), sin duda hacemos uso de nuestras fuerzas y las dedicamos a aquello con lo que estamos comprometidamente vinculados. Esto implica, claro está, que habrá cansancio. Pero esa fuerza empleada se convierte, en virtud de ese mismo vínculo, en una suerte de energía renovable. Las fuerzas se renuevan e incluso multiplican gracias a ese encuentro (y en la misma proporción en la que en ese encuentro haya profundidad). Porque nuestras energías no son puramente espontáneas, autogenerantes, sino que brotan por la motivación que un “algo” con el que entramos en relación genera en nosotros. Es en el encuentro con ello donde somos “movidos”.[3]
Así, por ejemplo, una persona que se compromete seriamente con su trabajo –no por un sentido vacío del deber, sino porque ha encontrado un sentido profundo en su tarea– seguramente dedicará mucho esfuerzo y gastará energías en ello, pero en virtud de ese sentido descubierto su fuerza no deja de alimentarse con su misma labor. Un maestro verdaderamente interesado en lo que enseña y en sus alumnos, potenciador de ese mismo interés en sus estudiantes, seguramente terminará cansado al final de la jornada, y lo mismo vale para los alumnos; pero se tratará de un cansancio que se abre a la espera de retomar el recorrido del aprendizaje la próxima vez. Un artista inspirado pasará trasnochadas horas dedicándose a su producción creativa, pero con el regocijo de saber que esa actividad le renueva el entusiasmo e incluso profundiza su inspiración. Es una suerte de cansancio reparador, como hemos dicho ya en alguna oportunidad.[4]
Cuando, en cambio, las cosas son experimentadas con demasiada liviandad, cuando las relaciones no superan lo epidérmico y no logra darse el verdadero vínculo, lo que queda es el tedio, el aburrimiento, la pesadez, que al no poner en juego nuestras energías, las termina aniquilando. Se trata de una especie particular de agotamiento, de una suerte de cansancio por inanición, por falta de nutrientes, nutrientes que no pueden llegar a nosotros si nuestro vínculo con las cosas queda a nivel de lo meramente superficial. Es el tipo de “cansancio” consanguíneo de la apatía. Se manifiesta en el desgano, la falta de vitalidad, la ausencia de ímpetu. Pero recordemos que la apatía no se da por exceso de “padecimiento” en nuestro vérnoslas con lo otro, sino más bien por ausencia de él, como señala la etimología del término (del griego a-pathos, no-padecimiento).
Curiosamente entonces, cuando por temor al cansancio optamos por la ausencia de vínculos, cuando para evitar el desgaste escogemos la falta de compromiso, cuando con la ilusión de hallarnos más a resguardo caemos en la liviandad, lo que hacemos es condenar nuestras energías a la agonía y nuestra vida al peligro de una desgastante pesadez.

Una vida “light” resulta, a la larga, algo muy “pesado”, desgastante, difícil de sobrellevar. Y es de esperar que intentemos evitar esa pesadez. La cuestión estriba en tomar nota de que esa pesadez se debe precisamente a la liviandad y de que es esto último lo que convendría remediar si pretendemos vislumbrar una salida exitosa. De lo contrario, con el fin de paliar los efectos sin tener en cuenta sus causas, podemos caer en “remedios” que no sean tales y buscar caminos de fuga en actividades que aumenten el carácter superficial de nuestra relación con las cosas. De esa manera, la liviandad irá en aumento, y en consecuencia también la pesadez, que es lo que pretendíamos superar.





[1] Enrique Rojas, El hombre light, Buenos Aires, Planeta, 1992, pp. 13-14
[2] Ibidem, p. 17
[3] La filosofía clásica tenía esto muy en claro: “la voluntad necesita arrancar del impulso de algo exterior que la mueva para su primer movimiento” dice Sto. Tomás de Aquino en Suma Teológica I-IIae, 9, 4.
[4] Cfr. nuestra entrada en este mismo espacio sobre “entrega y cansancio”: http://ablfilo.blogspot.com.ar/2014/11/sobre-la-entrega-parte-iv.html
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